Un poco de esto...

El cine club, el cine y los derechos de autor

Un texto de Lucas Ospina en Esfera Pública a propósito del intento por restringir el uso de las películas en las universidades, me llevó a recordar, en los comentarios del post, mi experiencia de cineclubista en los 90’s a la luz de los derechos de autor y de un par de encuentros que tuve con el director de Cinematografía en el Ministerio en la década siguiente a propósito de los mismos.

Esto que escribe Lucas me lleva a la primera conversación que tuve con el anterior director de cinematografía, David Melo. Estando en la antesala de la oficina, para una cita por allá en el año 2003, me encontré con una guía para cineclubes. Con cierta alegría, recordando mis tiempos de cineclubista, decidí mirarla. Cuál no sería mi decepción al encontrar que la primera página no tenía listas ni sugerencias, sino que imponía restricciones: allí se señalaba que era la exigencia básica de todo cineclub era que desde comienzos de semestre debía pasar al Ministerio una lista de las películas a proyectar y que el ministerio diría si se aprobaba o no según la regulación de derechos de autor.

Indignado y pensando que era lo más absurdo que había leído, entré a mi cita en la dirección. Cuando le conté lo que estaba pensando, David Melo me llamó pirata y me explicó de manera sensata y paciente en qué consistían los derechos de autor y por qué debían respetarse y el Ministerio, encabezado por él, debía defender ese respeto. Hablamos, por ejemplo, del mal que le hacían los dvd de semáforo a los estrenos nacionales y de la iniciativa “pacífica” de los piratas de posponer el estreno de semáforo a que pasara el estreno en salas. Teníamos que hablar de otras cosas y dejamos así el tema, pero éste no ha dejado de cruzarse cada vez que nos encontramos.

Pero un cine-club es muy distinto que un negocio de semáforo y de sanandresitos.
Pensé que si, en mis tiempos de cineclubista, hubiera dado con esa guía, me habrían quedado dos opciones:

1. Tirar la guía a la caneca

2. Cerrar el cineclub

En el cineclub teníamos, con suerte, programación con dos meses de antelación. Si vimos películas, fue en gran medida gracias a un misterioso y milagroso, y siempre sorprendente e imprevisible, mercado pirata que existía en la capital. Y, en particular, a un agente que conocía a todos los interesados y que cuando cada uno adquiría una lista, él le comunicaba a los demás las nuevas adquisiciones generales. En realidad no era tan abierto todo, él le decía a quién quería lo que quería, y así conseguía tener las que todos por nuestro lado conseguíamos.

Eran mediados de los noventa y todavía no había Cinemanía ni las nuevas distribuidoras (cuya desmejora en calidad se hace evidente en el hecho de que Eurocine vuelve a ser el éxito de entonces), así que en el cineclub se estrenaron películas como la trilogía de Kieslowski o Trainspotting o Reservoir Dogs. Películas que hoy nadie entendería que no se estrenen masivamente, pero que en el caso de las primeras llegaron a festivales locales 5 años después, o la segunda, de masiva espectativa, casi 3 años después, o la última que nunca se estrenó.

Nos encontramos con el cine oriental (Wong Kar Wai nos deslumbró entonces, con una Chunking Express que nunca ha estado en salas), iraní (Dónde está la casa de mi amigo tampoco pasó por cines), danés (El festín de Babette tampoco llamó la atención de distribuidores) y nos descrestábamos con cosas como El cocinero, el ladrón, la mujer y su amante. Todas estas las recuerdo porque salíamos de cine convertidos, cambiados, felices, trastornados. Son películas míticas para mi generación que nunca llegaron a cine y que sólo han llegado a alquileres que no tienen el derecho de alquilarlas (No me olvido de que el único alquiler con una oferta decente en películas originales en la ciudad, Art DVD, fue saqueado por la policía por una demanda de Derechos de autor).
Mientras tanto veíamos los clásicos que los libros obligan. Quizás la experiencia más emocionante fue cuando pusimos Las fresas salvajes y al final de la película nadie se paró. Y duramos unos minutos en silencio con las luces apagadas.

Después de Reservoir dogs, que se llenó a rabiar de un público que ya se había enterado de la existencia de Pulp Fiction, hubo tanto admiración como indignación, y los que aguantaron hasta el final, muchos se fueron caminando en medio de buenas discusiones.

Si yo llegué a programar en el cine club, y a entrar en la red bogotana de cinefilia, fue gracias a que era de origen caleño, y en mis vacaciones iba a La ventana indiscreta, alquiler mítico de la ciudad, y podía traer copias y descubrir para otros películas como La película del sur, de Sorín. Y a que mis padres una vez me trajeron unas películas rarísimas que un cineclubista de una universidad norteamericana me copió y que usé estratégicamente para conseguir más tesoros.

En gran medida, soy quien soy gracias al cine club, a las películas, y sobre todo, a los amigos con los que lo hicimos, que todavía son mis mejores amigos y con los que hago casi todos los proyectos en los que me embarco. Mis compañeros universitarios no fueron los del salón de clase (si bien desde las clases de matemáticas y filosofía se formó una buena solidariadad cineclubista), sino los del cine-club.

Y aunque agradezco a mis profesores de matemáticas una formación interesante, cuando me piden el perfil tiendo a querer escribir que me eduqué en un cine club. A veces lo hago, quizás no tanto como debería.

Nada eso habría sucedido si hubiera leído la cartilla y la hubiera obedecido. Nada de eso habría sucedido si las autoridades de la Universidad de los Andes hubieran leído la cartilla y hubieran decidido obligarnos a acatarla.

Cuando fui a hablar con David Melo ya habían pasado varios años desde entonces, eran mediados de los dosmiles y la oficina de Cinematografía compartía espacio con Proimágenes, y compartía también su misma preocupación por la defensa de los derechos de autor.

Yo creo que esa llavería entre Cinematografía y Proimágenes fue muy saludable y hoy podemos ver los frutos. Se llevó adelante la ley del cine, y de una nula producción y un casi nulo debate, se tiene ahora una producción y un interesante debate. Una página web decente donde se puede consultar la historia del cine colombiano, y un interesantísimo festival de cortometrajes y un inmejorable festival de documentales.
Pero creo que ahora será sano que se corten cobijas así como se separaron los espacios. Que el Ministerio no se ocupe sólo de los productores sino que piense en los millones de espectadores abandonados. La nueva cara de Cinematografía podría encarar un nuevo espíritu para el cine colombiano.

Ojalá se redacte una cartilla donde las recomendaciones de derechos de autor estén al final para que las lea el que quiera. Y que incluyan no sólo la idea de la protección y de la propiedad, sino también el espíritu del compartir y de comunidad.

Pero que se comience por el principio.

Por dar guías de qué películas ver, por dar indicaciones de cómo conseguirlas, por enseñar a verlas y a discutirlas.

Puedo dar unas ideas a partir de lo que nosotros hicimos:

Nunca hablamos en las sesiones ni antes ni después de las películas. El ritual era sagrado. Pero la mayoría de veces salimos después a tomar cerveza juntos y allí inevitablemente hablamos de cine. El hecho de que Lucas Maldonado fuera desde el comienzo el espíritu del cineclub hizo que la realización siempre estuviese en mente cuando veíamos las películas. Ver haciendo y pensando hacer fue determinante.

Hicimos una revista, talleres con realizadores, hicimos cortos, experimientos, etc.
Hacer cine club era hacer los afiches y a Lucas siempre le gustó hacerlos a mano, y eso le daba un caracter muy peculiar al cine club. El hecho de que Blas Jaramillo nos acompañara tanto como actor como guía de actores, nos hizo pensar también siempre en esa faceta del cine.

La Universidad nunca nos pregutó qué pasábamos, y eso permitió que cuando le pedimos a Andrés Barragán un ciclo de la maravillosa colección de su casa, él pudiera hacer uno con las películas que consideró más asquerosas. No fueron masas de público, pero los que fueron, pudieron ver Waters y Makavejev (que en nuestro medio casi nadie conocía). Yo no las disfruté, creo que Lucas menos que yo, pero igual las pasamos. Y considero formativo haber visto a Waters, si bien me pareció tan asqueroso como se pretendía, la disfruto en el recuerdo, y sobre todo disfruto la anécdota de haberla pasado (y de cómo Margarita me obligó a verla para reírse de mí al ponerme en la silla que yo había puesto a muchos al obligarlos a ver películas que odiaron).

La guía quizás debería decir que hay que tener cuidado de no prohibir.

Vuelvo a Cinematografía. Ojalá se tomen en serio la división de espacios. Ojalá llegue un nuevo espíritu más parecido al de Lucas Maldonado. Al de compartir la pasión por las películas, por verlas, por hacerlas, por comentarlas, por adornarlas con afiches y pensarlas con revistas. Y, sobre todo, por compartirlas y disfrutarlas compartidas.

Que se inventen maneras de hacer cineclubes en todas las ciudades y pueblos. En todas las universidades y colegios.

En vez de llenar a la gente de miedo, llenarla de gusto y de pasión. De ganas de disfrutar (y sufrir) y discutir juntos.

Ahora muchos comienzan proyectos de llevar pantallas y películas por el país. Ojalá que las instituciones los apoyen en lugar de perseguirlos.

Por ejemplo, las películas colombianas han sido en buena parte financiadas por el estado colombiano con dinero de todos los colombianos. Sin embargo, luego los dueños son exclusivamente las productoras. En los contratos que firman los autores debería poner que después del ciclo de estrenos, se deberían pasar libremente en cine-clubes, universidades, colegios, bibliotecas y centros culturales de todo el país de manera gratuita. Nadie se lucraría, pero todos las verían. Y que el estado mantenga siempre un derecho a pasar las películas cuando y donde quiera sin tener que pedir permiso a los productores. Y también de hacer las cesiones que considere prudentes y convenientes para que las pelícluas sean vistas, no sólo en el pais sino fuera.

¿No habría sido increíble un estreno realmente nacional de Los viajes del viento? ¿De sumas y restas?

Cinematografía tiene que considerar seriamente que las pantallas hoy pueden ser la mayoría de videobeam. Y que la mejor manera de justificar las enormes inversiones en el cine colombiano, es haciendo que los colombianos lo vean.

Que bueno que ese par de películas Ciro Guerra y Victor Gaviria se hubieran podido ver en todo el país, en salas oscuras y llenas de espectadores espectantes. Qué interesantes han debido ser las discusiones a la salida del cine en ciudades como Envigado o Riohacha, que no tienen cines, pero sí conocen bien las historias que allí se cuentan. Y en los muchos otros sitios donde todo eso se vivió, o dónde no se vivió y sería bueno que se conociera el país que allí se muestra.

Yo todavía sueño en proyecciones comunes en salas oscuras. Eso quedaría del cine. Para mí fue determinante y no quisiera que se terminara. Puedo ser nostálgico, no sé.
Pero también hay que considerar lo que se puede hacer desde la web. Y lo que la visión de cada uno desde su casa puede aportar, por ejemplo, al mundo de los cortometrajes.

¿Por qué no ponen en internet los cortos?
Cinépata, http://www.cinepata.com/category/peliculas/, el proyecto de Fuguet, es un muy buen ejemplos de lo que se puede hacer. Todas las películas tienen licencia de Creative Commons que permiten que se pasen y distribuyan en todo tipo de cine-clubes sin ánimo de lucro.

Enseñar a compartir, puede ser otra cosa que se enseñe en esa guía. Cuando hicimos videos en el cine club los hicimos para que otros los vieran. Nunca para hacer dinero. Y habríamos sido dichosos de tener youtube para distribuirlos más lejos. Para que Fuguet desde Chile hubiera podido verlos y pasarlos en su cine club.

Yo admiro muchísimo la gestión de Cinematografía y de Proimágenes y de Black Velvet, y en particular de David Melo como cabeza de la oficina, y comenzamos a ver los frutos en las películas que se hicieron, pero creo que todavía está coja la otra pata de la mesa. Que todavía falta mucho para hacer llegar las películas a la gente y que mucha más gente sienta que las películas son cosa suya.

La Muestra Documental es un ejemplo de lo que se debe hacer y de qué esa línea no ha estado abandonada. Pero es mucho más lo que se puede pensar y llevar a cabo para que se vean las películas y se tomen en serio. Sobre todo si asumimos que estamos ya en tiempos digitales, de internet y de video y proyecciones de videobeam.
Para terminar, cierro con otra anécdota, con otro encuentro con David Melo. Nos cruzamos en medio de ese elefante blanco que fue el I Congreso Iberoamericano de Cultura, dedicado al cine, en México. Allí los latinoamericanos se quejaban una y otra vez de la opresión de Hollywood y de que no pudiéramos ver unos las películas de otros. Yo veía todo absurdo cuando era un problema que los que estaban allí podían solucionar, pero no parecían querer hacerlo de verdad.

A la salida de la inauguración, David Melo me recordó con burla nuestro primer encuentro y volvió a llamarme pirata (algo que yo considero casi un orgullo). Y yo, un poco torpe, intenté defenderme una vez más, pero no podía hacer más que reírme. Justo en ese momento pasó por delante Sergio Cabrera, y Melo me lo presentó, y me presentó a mi como potencial pirata de sus creaciones. Antes de que yo siquiera alcanzara a defenderme o avergonzarme, el mismo Cabrera salió en mi defensa, celebrando la distribución pirata de La estrategia del caracol. Él mismo se quejó  del sistema de propiedad de la película, que en realidad no era suya sino de unos productores extranjeros, y que no había hecho posible, que aún siendo la película más popular en Colombia de los últimos tiempos, que se hubiera podido sacar en DVD (salió apenas el año pasado, más de 15 años después de su estreno). Celebró habérsela encontrado en un puesto de dvds piratas peruano, que parece que es lugar de peregrinación no sólo de cinéfilos sino de cineastas, que llevan sus películas para que desde allí se copien y distribuyan.

Osea que existen realizadores que piensan de otras maneras, ojalá los escuchemos y entren en el debate.

Yo no entendía que se armara un evento tan enorme como es Congreso de Cultura, y no hubiera dinero para repartir copias en dvd de las películas latinoamericanas para todos los países. O por lo menos para que las compraran todos los países y las permitieran pasar en cineclubes y bibliotecas. Pero los derechos de autor no dejan. Y el temor a los derechos de autor paraliza. Y los contratos y los sistemas de propiedad hacen todo imposible. Y se pueden seguir quejando los políticos, los directores, los cineclubistas, los críticos y demás, y las películas no se ponen en portales como Cinepata.

¿En lugar de más elefantes blancos por qué no invierten el dinero en poner un portal análogo con las mejores películas latinoamericanas (para ese congreso se hizo una guía buenísima con las mejores películas de cada país) y poner todas las películas con cláusula Creative Commons que permita proyectarlas de forma gratuita sin ánimo de lucro?

Y que cada país se encargue de poner pantallas para que éstas se proyecten y se vean. Pero la inversión más grande del cine iberoamericano se dedicó a una enorme enciclopedia en papel, sí ¡en papel! que costará un dineral (¿A quién se le ocurre hacer hoy una enciclopedia en papel?). Y si se saca en digital, seguro será con algún sistema de pago, porque quién la armó fue la empresa encargada de controlar y lucrarse de los derechos de autor: la SGAE.

Si la gente cree que el cine es en inglés es porque no conoce películas latinoamericanas. Pero yo sí creo que hay mucho público para películas hechas en español, y que no hace falta ponerse a doblar, si conseguimos que la gente vaya y quiera ir a ver cine en su idioma.

Así que queda mucho por hacer. Retos grandes para la nueva oficina. Se podría empezar por escribir una nueva guía. Podrían invitar a los dos Lucas a ayudar a redactarla.